Fernando III el Santo, Rey de Castilla y León, conquistador de Sevilla

Por | 13 diciembre, 2011 | 0 comentarios

El Rey San Fernando tiene una habitación dedicada en el Hotel Alcoba del Rey de Sevilla, la Junior Suite Rey San Fernando.

Fernando III el Santo

Ésta que sigue es la historia de Fernando III el Santo.

Fernando III es también conocido como San Fernando, Fernando III el Santo, Fernando de Borgoña o Fernando III de Castilla. Nació en 1199, en el conocido monasterio de Valparaíso, situado en el actual término municipal de Peleas de Arriba, provincia de Zamora. Era hijo de Alfonso IX de Borgoña (1171 – 1230), rey de León, y de la segunda esposa de éste, Berenguela de Castilla (1180 – 1246), a su vez hija del rey castellano Alfonso VIII el de las Navas. Según relata la Crónica General, su madre le inculcó siempre el amor a Dios y sus semejantes, virtud que marcó toda su vida. Con tan sólo siete años de edad su madre y su abuelo ya le entregaron algunas posesiones en Castilla para iniciarlo en los menesteres de la administración.

A la muerte de su tío, el rey niño Enrique I de Castilla, Berenguela heredó el trono, pero ésta, para evitar la más que segura confrontación con el poderoso linaje de los Lara, que eran contrarios a su posible reinado, llamó a Fernando a su lado con el pretexto de pasar unos días con él, e inmediatamente abdicó a su favor, estimando que la figura de su hijo sería mucho más imponente y eficaz tanto en el trono de Castilla como en el enfrentamiento con los nobles opositores. Así, en 1217, Fernando, con el apoyo de su madre y de otros sectores de la nobleza afines a ellos, así como con el beneplácito del clero en general, fue proclamado en Valladolid rey de Castilla con el nombre de Fernando III. A pesar de que sólo tenía 18 años, parece que Fernando ya tenía preparación, fuerza y voluntad sobradas para afrontar la responsabilidad de gobernar Castilla. No obstante, durante los primeros años del reinado, su madre se mantuvo siempre al lado de su hijo, protegiéndolo, ayudándolo y aconsejándolo de manera hábil y provechosa en todo momento, sabedora de la dura tarea con la que lo había cargado al abdicar en él en un momento de contrariedades. Como era de esperar, nada más comenzar su reinado, los Lara, que se mostraban reacios a que gobernase cualquiera que no estuviese vinculado a sus propósitos, se opusieron al nuevo rey, pues al haber sido los regentes del recién fallecido Enrique I, con la muerte de éste y con Fernando en el trono, perderían el gran poder que poseían en la corte castellana. Además, la familia Lara había sido desde antiguo contraria a los intereses de Berenguela, la madre de Fernando.

Fernando III

Por tanto, los Lara, sabedores de que Alfonso IX se creía con derecho a la corona castellana al haber estado casado con Berenguela, apoyaron al leones cuando éste declaró la guerra a Castilla y la invadió con un ejército con la intención de hacerse con el poder. No obstante, Alfonso tuvo que retirarse rápidamente sin a penas llegar al enfrentamiento al encontrarse con el claro y rápido rechazo de Fernando, de la mayoría de la nobleza castellana, de todas las ciudades y del clero. Además, el papa Honorio III intervino para restablecer la paz entre padre e hijo, y Alfonso regresó a León asintiendo que Fernando gobernase en Castilla, pues en definitiva, éste ya había sido nombrado rey. Los Lara, que no se resignaban a aceptar su pérdida de poder en Castilla, organizaron una revuelta y se hicieron fuertes en el señorío de Molina, a donde Fernando tuvo que acudir decidido para sofocar el levantamiento. Una vez allí, el rey actuó de forma brillante, pues nade más comenzar la primera refriega, logró capturar a Alvaro Nuño de Lara, caudillo de los insurrectos, por lo que no se derramó más sangre en Molina. De forma sabia y piadosa, Fernando III dejó en libertad a este cabecilla de la familia Lara con la condición de que sus partidarios sometiesen al poder real las plazas que ocupaban. Aquí encontramos además la intervención espléndida de Berenguela, quien conocedora de la importancia y el poder indiscutible de los Lara en Castilla desde antaño, les ofreció una propuesta beneficiosa para mantenerlos como aliados. Así, en 1222 se firmó el convenio de Zafra, por el cual el infante Don Alfonso, hermano del rey, se casaría con la heredera de la familia Lara, Doña Mafalda. Una vez unidas las familias por el enlace matrimonial, los anteriormente opuestos a Fernando recuperarían su antigua posición en la corte de Castilla.

Beatriz de Suabia

En 1219, Fernando se casó con Beatriz de Suabia (h 1200 – 1235), una hermosísima princesa alemana de rancio abolengo, buscada a conciencia por Berenguela para su hijo para crear un enlace matrimonial de conveniencia con una ilustre casa real europea. Beatriz de Suabia era hija de Felipe Hohenstaufen, duque de Suabia y Rey de Romanos (aspirante al trono imperial alemán). Su madre era Irene Ángelo, hija de Isaac II Ángelo, Emperador de Constantinopla. A la muerte de Felipe Hohenstaufen en 1208, Beatriz quedó bajo la tutela de su tío Federico II, Sacro Emperador Romano Germánico. No cabe duda de que con esta boda real se pretendía aumentar la presencia de Castilla en Europa, obteniendo así además los apoyos de las casas reales más importantes del momento. Y puesto que Castilla comenzaba a adquirir importancia entre los reinos europeos, Federico II tuvo a bien dar el beneplácito para que Beatriz se desposara con Fernando. El obispo de Burgos, los abades de Rioseco y Arlanza y un prior de la orden de San Juan, acompañados de un séquito real, habían ido a Alemania como embajadores de Castilla para pedir a Beatriz. Puesto que Federico II no tardó mucho en autorizar el matrimonio de la princesa, ésta viajó a Castilla con la misma embajada que había ido a pedirla. En Vitoria la recibió Berenguela, quien no tardó en darse cuenta de que había hecho una excelente elección, pues Beatriz, además de ser un magnífico partido para Fernando y para Castilla, era también una mujer bellísima y virtuosa, que complacería al rey a buen seguro. De hecho, la hermosura y las virtudes de Beatriz la hicieron famosa en Castilla a lo largo de su reinado. Los esponsales tuvieron lugar el día 30 de noviembre de 1219 en el Real Monasterio de San Zoilo, en Carrión de los Condes (Palencia), donde se celebraron con gran fastuosidad. La noche anterior a la boda la pasó Fernando en vela en el altar principal del monasterio, meditando, rezando y rogándole a Dios que le otorgase dicha en su matrimonio, pues iba a casarse con una mujer a la que no conocía. Y Dios le respondió en seguida, pues la gran belleza y los dones de Beatriz fueron aclamados y comentados por todos los asistentes a la boda, y Fernando, percatándose de esto, se sintió orgulloso de casarse con una mujer tan sublime, a la que comenzaba a amar. Tres días más tarde, aún en el entusiasmo de la fiesta nupcial, el rey, con gran contento, fue nombrado caballero, título al que haría honor a lo largo de toda su vida. Fernando y Beatriz se amaron el uno al otro con pasión. El rey, admirado por la belleza y la dulzura de la que fue la primera princesa alemana en casarse con un monarca español, conoció el amor mutuo con Beatriz. Algunos monarcas castellanos y leoneses habían acostumbrado a casarse con princesas nórdicas, pues los rasgos germánicos típicos de éstas eran muy atractivos para los nobles españoles. Beatriz, a pesar de ser de padre alemán, no era la típica mujer de semblante germánico, ya que su madre, Irene Ángelo, era de origen bizantino, por lo que la belleza de la nueva reina de Castilla era fruto de un crisol de rasgos escogidos. La alemana amó a Fernando por encima de todo, pues advirtió en él todas las dignidades y cualidades por las que el rey destacaría con mucho a lo largo de toda su vida, y por las que ha pasado a la historia.

Beatriz de Suabia

Muy pronto, el 23 de noviembre de 1221, nacería el primer retoño, fruto del amor. Era un varón al que llamaron Alfonso. Al año siguiente, las cortes de Burgos juraron como heredero de Fernando al joven infante, que se ceñiría la corona de su padre años más tarde con el nombre de Alfonso X, llamado el Sabio. Beatriz y Fernando tuvieron diez hijos en común. Además de Alfonso también nacieron Fadrique (1223 – 1277), Fernando (1225 – 1248), Leonor (1227 – 1240?), Berenguela (1228 – 1289), Enrique el Senador (1230 – 1304), Felipe (1231 – 1274), Sancho (1233 – 1261), Manuel (1234 – 1283) y Maria (1235 – 1235 ), por lo que la sucesión al trono castellano-leonés quedó lo suficientemente asegurada.

Desafortunadamente, en 1235, Beatriz de Suabia falleció en la localidad de Toro (Zamora) con tan sólo unos 35 años. La causa real de su óbito no está clara, pero se especula que pudo ser un sobreparto. Fue enterrada en el Real Monasterio de Santa María la Real de Las Huelgas (Burgos), junto a la tumba del rey Enrique I. Años más tarde, su hijo Alfonso X, quien le ofrendó un elogio celebrando sus muchas virtudes en una de sus famosas Cantigas, llevó su cuerpo a Sevilla para que descansase junto al de su marido, Fernando III; y en la catedral de Burgos se talló una escultura de la reina, que aún se conserva. El Hotel Alcoba del Rey de Sevilla tiene una habitación dedicada a Beatriz de Suabia, la Junior Suite Beatriz de Suabia.

Una vez solventados los problemas internos de Castilla y hechas las paces con los otrora nobles levantiscos, la prosperidad y el auge volvieron a los dominios de Fernando III, dejándose notar el buen gobierno del inteligente monarca en todos los aspectos del reino. Por tanto, reforzada Castilla, había llegado la hora de mirar hacia el exterior. Así que, en 1224, aprovechando la bonanza de su reino y la debilidad de los dominios mahometanos, en gran declive tras la batalla de las Navas de Tolosa, Fernando decidió emprender su primera campaña contra los reinos musulmanes. La curia de Carrión resolvió concederle todos los recursos militares, económicos y humanos necesarios para expandir las fronteras de Castilla hacia el sur. Sería el primer paso de una larga aventura que le ocuparía el resto de su vida, que iba a ser dura y trabajosa. A pesar de los casi 30 años que viviría para guerrear y arrebatarle tierras y ciudades a los moros, nunca descuidaría los asuntos de interior de su reino, y se mantendría a lomos de su caballo menos que permanentemente; siempre entre el campo de batalla, las brechas de las murallas asaltadas, los campamentos militares en los que moraría en campaña y las ciudades castellanas y leonesas a las que siempre acudiría para ocuparse de su gobierno y sus problemas personalmente, pues jamás se sirvió de validos. Recorrería miles de kilómetros de forma esforzada para no desatender nunca ni su país, ni sus gentes ni sus empresas de conquista.

Beatriz de Suabia

La primera expedición, al igual que casi todas las siguientes, fue un éxito, pues en poco tiempo y con pocas bajas tomó Quesada (villa cercana a Jaén) y varios castillos más, llegando hasta cerca de Granada. Fernando siempre utilizó la táctica militar de forma hábil e inteligente. Se valió de la sorpresa y la improvisación como nadie y fue un gran innovador y estratega. Nunca se centraba únicamente en un solo objetivo a conquistar, sino que mantenía en mente todo un planisferio en el que incluía con todo pormenor, tanto el total de su propio país y sus recursos, como el total de los detalles de los dominios contra los que luchaba, seleccionando los posibles destinos en función de una serie reglas geoestratégicas en las que combinaba ágiles maniobras militares con una diplomacia docta y una ágil política de pactos, que siempre respetaba rigurosamente. Siempre se valió espléndidamente de las rivalidades y de las luchas existentes entre los diversos reinos musulmanes y de las diferentes coyunturas políticas y militares de éstos, sacando ventaja de las flaquezas del enemigo cuando éste era débil, preparándose debida y oportunamente cuando éste se mostraba fuerte, y pactando y concediendo treguas inteligentes con los fatimíes siempre que ello era conveniente. Por ello, muchas villas las ganó por medio de la astucia y la diplomacia. Así, en 1227, el rey moro de Baeza, consciente de los progresos de los castellanos en aquella zona y temiendo por la continuidad de su soberanía, entregó a Fernando III varías fortalezas a cambio de respeto y protección. Igualmente, hacia 1228, el caid almohade de Sevilla, un hombre dócil llamado Abú Omar al-Diedd, y más conocido como Ben Anchad, pidió una tregua a Fernando para evitar la conquista de los territorios hispalenses, y el rey castellano accedió encantado para así dedicarse de lleno a realizar avances en levante andaluz.

El Caid Axataf

La postura pacífica, pasiva y despreocupada de Ben Anchad fue interpretada por la mayoría de los moros sevillanos como un claro signo de debilidad. El comandante en jefe del ejército de la capital hispalense era un fanático pero valeroso almohade llamado Abú Farís Al-Asad, más conocido como Axataf. Éste se sintió tan enormemente decepcionado y disgustado por el comportamiento pro cristiano de Ben Anchad, que en un acto de cólera lo acuchilló y se hizo con el poder de la plaza designándose así mismo caid de Sevilla. Esta acción fue apoyada por los faquíes, por gran parte de la oligarquía de la ciudad y por la totalidad de la población sevillana, que estaba alarmada ante los avances cristianos, y por ello no deseaba un gobierno débil. Además, el sultán almohade de Tánger otorgó su consentimiento a Axataf sabiendo que éste serviría a Sevilla mucho mejor de Ben Anchad ante el empuje cristiano. Nada más tomar el control de la plaza, el nuevo caid, lejos de comportarse de modo dictatorial, creó un gran consejo de expertos asesores que discutía los temas de estado y tomaba las decisiones de manera quasi-democrática, convirtiéndose así el gobierno hispalense en una especie de república. Obviamente, una de las primeras decisiones por las que optaron Axataf y su consejo fue la de anular el tratado de paz con los castellanos, por lo que Fernando III no tendría pretextos en un futuro para evitar la conquista de Sevilla.

Beatriz de Suabia

En 1230 comenzó el asedio de Jaén, pero viendo que no era posible asaltar la plaza sin tener que perder una gran cantidad de hombres, decidió abandonarlo para no castigar a sus tropas. En ese mismo año decidió intentar de nuevo el ataque a la misma ciudad con una nueva táctica, pero lo postergó porque le llegaron noticias de que su padre, Alfonso IX de León, había muerto, y Berenguela lo requería inmediatamente en el norte antes de que se nombrase un sucesor. El rey leones, en su siempre clara actitud contra Castilla no había nombrado como heredero a Fernando III, pese a ser éste el hijo varón de mayor edad, sino que había dejado escrito que sus sucesoras debían ser sus hijas Sancha y Dulce. No obstante, aquí nos encontramos de nuevo con la docta intervención de Berenguela, que al haber estado casada con Alfonso entre 1197 y 1204, había sido reina consorte de León y, siendo consciente de lo apropiada que sería la corona leonesa para su hijo y para Castilla, concibió un plan para ganársela. Tal vez, la reina madre sentía añoranza por trono de León, del cual el Papa Honorio III la había alejado al anular su matrimonio con Alfonso IX, alegando los lazos de consanguinidad que había entre los esposos. Así pues, Berenguela se reunió en Valencia de Don Juan (León) con la prudente Teresa de Portugal, primera esposa de Alfonso y madre de Sancha y Dulce. En el encuentro se las arregló para llegar a un acuerdo por el cual las infantas renunciarían al trono de León a favor de Fernando, y accederían a la anulación del testamento de su padre a cambio del cobro anual de 30.000 maravedíes y el gobierno y beneficios de unos señoríos que pasarían a Castilla al final de sus vidas. Esto se llamó el tratado de las Tercerías, por el cual Fernando III se convirtió también en rey de León en 1230, con el apoyo de toda Castilla, de la mayoría de la nobleza y ciudades leonesas, del clero y también del pueblo. Fernando, que estaba determinado a acrecentar aún más la potencia de los dominios que gobernaba, asumió con gran entusiasmo el agrandamiento de su país. Además, tanto los castellanos como los leoneses aceptaron con satisfacción la fusión de las dos coronas, pues eran sabedores de que aquella unión era beneficiosa para todos, pues así se evitarían posibles pugnas entre los dos reinos y se crearía una única monarquía castellanoleonesa, más próspera y más fuerte frente a posibles enemigos como los musulmanes. Por tanto, Castilla y León quedaron definitivamente unidas para no volver a separarse jamás, y todo gracias a la sagacidad de Berenguela de Castilla y a la determinación de Fernando. Una vez coronado rey de León, Fernando decidió realizar una sucesión de viajes por todas las ciudades importantes del nuevo reino, para que lo conociesen sus nuevos súbditos y para que éstos supiesen que el castellano sería para León tanto como para Castilla.

En 1231, una vez consolidada su soberanía sobre León, complacido de que sus dominios se hubiesen doblado en extensión y estuviesen en pleno auge económico, Fernando III volvió a plantearse otra serie de campañas contra los musulmanes. Para ello se encontró con el rey de Portugal con el fin que éste le prestase su apoyo y le enviase tropas de refresco a las empresas de conquista de Andalucía en caso de ser necesarias en un futuro y a cambio de dinero. Igualmente se entrevistó con embajadores aragoneses, cuyo rey también le ofreció su respaldo y sus ejércitos para las futuras campañas del sur. Así, en 1232, Fernando, reforzado y apoyado por todos los flancos, y más resuelto que nunca, se dirigió a Toledo para realizar los preparativos de su nueva ofensiva en Andalucía. No tardó en llegar hasta tierras jienenses, donde tomó la plaza de Úbeda (1233), de importancia crucial en la zona, y otras villas de menor categoría. Las ciudades conquistadas así como las vidas de sus habitantes y defensores eran siempre respetadas, dándoseles además la oportunidad de quedarse sometidos al nuevo poder o de marcharse con todos los bienes que pudiesen transportar; por esta constante misericordia y generosidad, Fernando se ganó la admiración y el respeto de amigos y enemigos. Entre 1233 y 1236, el rey estuvo yendo y viniendo de Andalucía a Castilla. En Andalucía continuó haciendo progresos auxiliado por órdenes militares a las que apoyaba firmemente, y que unas veces le acompañaban en sus operaciones y otras actuaban por sí solas, y en Castilla se ocupaba de los quehaceres internos del país. A comienzos de 1236, cuando se encontraba en Benavente (Zamora), le llegaron noticias de Andalucía que le comunicaban que tres audaces caballeros y sus pequeñas huestes personales habían conseguido introducirse en los arrabales de Córdoba por sorpresa; y estos intrépidos resistían pero se encontraban en serias dificultades al estar siendo atacados sin cesar por un enemigo mucho más numeroso, que además se movía en su propio terreno. Fernando, sin meditarlo ni un momento, se ciñó su espada, montó en su caballo y comenzó a cabalgar en dirección a Córdoba sin pronunciar ni una palabra. Muchos de sus hombres comprendieron lo que ocurría y le siguieron sin pensárselo al verlo partir. A lo largo de los dos primeros días de viaje fueron llegando los caballeros y tropas que habían salido de Castilla más tarde detrás de los primeros, y que para alcanzar al grupo del rey habían tenido que moverse a marchas forzadas. En la época de Fernando III las tropas castellanas se acostumbraron a realizar largas marchas de a pie, completando distancias de hasta 500 kilómetros en tan sólo 10 días y cargando con todo el equipo de combate. Esto les servía de entrenamiento físico para la guerra. A lo largo del viaje se les incorporaron además muchos otros hidalgos y señores con sus respectivas escoltas y huestes, los cuales hallaron en el camino o les llegaron procedentes de diversos lugares. Entre los prebostes se encontraba el infante Alfonso y muchos otros nobles de abolengo. El 7 de febrero llegaron a los alrededores de Córdoba, donde comenzaron a desplegarse de forma estratégica y a montar un gran campamento donde habitar durante el asedio. No obstante, puesto que no cesaba la llegada de vastas mesnadas cristianas, el 29 de junio de 1236, el rey moro de Córdoba resolvió rendir la plaza. A cambio, Fernando, como era habitual en él y en todos sus hombres, respetaría la vida de los cordobeses, a los cuales se les daría la opción de marcharse libremente con sus pertenencias o quedarse como súbditos de Castilla. Fernando, a lo largo de su reinado, exigió siempre a sus tropas de forma rígida y rigurosa que se tratase con respeto y dignidad a todos los hombres y mujeres del enemigo. Los soldados castellanos eran temidos en el campo de batalla, pero una vez terminadas las hostilidades, eran admirables por su honestidad y buen trato hacia todos sus semejantes, amigos o enemigos, y esto se lo debemos, sin duda, a Fernando, quien predicó siempre con su ejemplo.

Beatriz de Suabia

La antigua capital califal había caído en manos del rey de Castilla y León, así que el soberano musulmán de Jaén sintió que sería el próximo objetivo de Fernando III, por lo que le exigió a éste una tregua, la cual el castellano le concedió encantado para así poder centrarse en otros objetivos menores. A finales de 1236, Fernando fue reclamado por su madre para acudir a Toledo. Puesto que el rey había quedado viudo tras la muerte de Beatriz de Suabia el año anterior, Berenguela, siempre perspicaz, le sugirió que se casase de nuevo para que, durante sus campañas en Andalucía, la figura de una reina fuerte permaneciese en la corte de Castilla, lo cual era muy conveniente para disuadir a posibles enemigos internos de intentar apoderarse del trono. A tal efecto, Berenguela le había pedido a Blanca de Castilla, madre del rey Luis IX de Francia (San Luis), que se encargase de la elección de una mujer apropiada para Fernando, y ésta eligió a Juana de Ponthieu, muy cercana en linaje al rey francés. En 1237 contrajo matrimonio Fernando con Juana, y ese año entero y parte del siguiente lo pasó el rey en Castilla familiarizándose con su nueva esposa y tratando los asuntos de interior del reino. Con Juana tuvo Fernando otros cinco hijos más en los años sucesivos, y se llamaron Fernando, Alfonso, Juan, Luis y Leonor. A pesar de estar el rey por entonces varios meses sin viajar a Andalucía, sus tropas continuaron en campaña dirigidas bien por el infante Alfonso bien por los brillantes generales de Fernando. A finales de 1238 regresó al sur a comprobar en persona los progresos militares, y pronto volvió a viajar a Castilla, y así estuvo hasta 1240; cabalgando sin cesar entre la corte y las campañas contra los moros. Pero cuando por mala fortuna falleció en combate Alvar Pérez de Castro, uno de sus mejores mariscales de campo, Fernando decidió volver a ponerse personalmente al frente de sus ejércitos, y así se tomaron varias villas entre las que destacan Osuna, Marchena, Morón y Zafra. No obstante, los viajes fugaces a Castilla para tratar los asuntos de estado no cesaron nunca. Una de estas marchas efímeras de Andalucía a Castilla la realizó en 1241 cuando tuvo de ocuparse de sofocar una rebelión protagonizada por el hidalgo Diego López de Haro, al cual trató con la clemencia y magnanimidad habituales en él, pues una vez el insurrecto se hubo rendido y sometido al rey, éste lo perdonó respetándole su título y sus posesiones. Por otro lado, el infante Alfonso se ocupaba de la conquista de Murcia, reino que se anexionó Castilla al rendirse sin a penas resistencia en 1243. Poco después, Fernando intentó tomar Granada, pero, como Jaén aún estaba en manos musulmanas y Castilla no deseaba atacarla porque aún permanecía la tregua iniciada en 1236, los cristianos se vieron obligados a alargar demasiado sus líneas de abastecimiento y de apoyo para llegar a las fronteras del reino de Granada. Además, en la escabrosidad de las sierras penibéticas, el rey granadino, Abenalamar, había planteado una férrea defensa, por lo que se las arregló para repeler el ataque castellano. Ante este pequeño fracaso, uno de los pocos que experimentaron Fernando y sus curtidas tropas, se hizo absolutamente necesaria la toma de Jaén, y puesto que el soberano moro de esta ciudad rompió la tregua con Castilla por atacar los castellanos al reino vecino de Granada, ya no había ninguna excusa para no arremeter contra la ciudad jienense. En ello pusieron todo su empeño los cristianos, pero el rey de Jaén, sabedor de que su ciudad era una de las pocas plazas fuertes musulmanas que quedaban en Andalucía, no daría su brazo a torcer fácilmente; por consiguiente decidió resistir a toda costa, ofreciéndole a las huestes del rey Fernando una defensa tremendamente feroz. Sin embargo, la tenacidad y el valor de los castellanos, siempre animados por su rey, que se dejaba ver siempre en el campo de batalla y en los asaltos para dar moral y ejemplo de bravura a sus hombres, hicieron que Jaén cayese en 1245. Los soldados de Castilla se estaban formando como los mejores de Europa, curtiéndose batalla tras batalla, enfrentándose y venciendo a duros y temibles enemigos que peleaban por la defensa de su tierra, instruyéndose con el entrenamiento y las tácticas de Fernando III, el cual les mantenía siempre la moral bien alta, pues los movía con su magnífico ejemplo propio y con promesas de recompensas futuras. A la sazón, Abenalamar, consciente de con Jaén en manos cristianas él iba a ser el próximo objetivo de Castilla, y que en esa ocasión Fernando no iba a ceder en su empeño hasta tomar Granada, decidió someterse al rey castellano sin vacilar y rendirle homenaje como vasallo suyo. Fernando, siempre perspicaz, concluyó que con Abenalamar gobernando Granada como súbdito de Castilla, el reino granadino quedaría bajo dominio cristiano sin tener que derramar ni una sola gota de sangre, y así, además, podría establecer otro objetivo militar a conquistar sin preocuparse por el reino granadino. Y así quedó Abenalamar en Granada, supeditado al rey Fernando, al que le pagaría todos los años 50.000 monedas de oro.

La Toma de Sevilla

Al poco tiempo de hacerse los castellanos con Jaén, Axataf y los musulmanes de Sevilla se alarmaron, pues dedujeron que con Córdoba y todo el levante andaluz bajo el poder de Castilla, Fernando III no tardaría en marchar contra la ciudad hispalense. Razones no le faltaban a los almohades Sevillanos, pues, dado que su capital era la más destacada, rica y potente de Al-Ándalus desde la época de Almutamid (s. XI), el rey de Castilla tenía proyectado desde un principio que la toma de la poderosa Sevilla no debería realizarse hasta que el resto de Andalucía estuviese controlada y sometida a su corona. La joya más preciada de Al-Ándalus, la capital de la Giralda y el Guadalquivir, había formado siempre parte de sus planes de conquista, pero la sensatez y la agudeza le habían aconsejado siempre al monarca no arremeter contra esta plaza hasta el último momento, y ese momento había llegado. Y puesto que el consejo hispalense optó por pedir auxilio a sus hermanos almohades del norte de África, no le quedó a Fernando otra opción que la de emprender la conquista de Sevilla de manera forzosa e ineludible y antes de que esta ciudad se convirtiese en un verdadero peligro para todas sus empresas militares. Por consiguiente, el castellano, sin detenerse ni un solo instante, a comienzos de 1246, se dirigió a Córdoba para preparar la que sería su campaña más grandiosa.

Puesto que se sabía sobradamente que Sevilla, debido a su importancia y poderío, sería una plaza tremendamente difícil de conseguir, para este propósito se dispuso un despliegue como no se había visto antes en España desde la batalla de las Navas de Tolosa. Fernando, con su sobrada sagacidad, había previsto con antelación lo necesario que sería el apoyo por mar y río para tomar la ciudad; y para ello había ordenado al almirante burgalés Ramón Bonifaz y Camargo que preparase en la costa del Cantábrico la que sería la primera marina de guerra de Castilla. Éste escogió una serie de embarcaciones de entre las mejores de los puertos de Santander, Castro Urdiales, Laredo y San Vicente de la Barquera y los preparó para el combate, y se encargó de que sus dotaciones y a otras tropas específicas, que serían desde entonces exclusivamente navales, se entrenasen para el asalto a otras embarcaciones, para el ataque y toma de plazas en tierra y para el desembarco en circunstancias adversas. A partir de la flota seleccionada, formó una escuadra que debía navegar hasta Sevilla, con la crucial misión de imposibilitar que los musulmanes sevillanos recibiesen víveres o apoyo de tropas por el río Guadalquivir. Para navegar desde la costa del Cantábrico hasta Sevilla, las naves tenían que realizar su travesía bordeando las costas portuguesas hasta llegar a Andalucía, y para tal fin Fernando concretó con Alfonso III de Portugal que, en caso de necesitarlo, los puertos lusos abastecerían a los barcos castellanos en su viaje hacia el sur. Por otro lado, intuyendo que el asedio a Sevilla sería largo, costoso y arduo, decidió que era hora de aceptar la ayuda militar que de buen grado le había ofrecido años atrás el rey Jaime I de Aragón (el conquistador), por lo que éste le enviaría un contingente al mando de Álvaro de Urgel. A la sazón, las relaciones entre Castilla y Aragón eran inmejorables, pues en 1244 el infante Alfonso se había casado con Violante de Aragón, hija de Jaime I, y se había firmado el tratado de Almirza, que definía los límites de los dos reinos en sendas empresas de conquista. Asimismo, puesto que Fernando III había negociado en 1231 con el anterior rey portugués Sancho II que éste le apoyaría con tropas auxiliares en las campañas de Andalucía por el pago de varios miles de maravedíes, su sucesor, Alfonso III, mantuvo el convenio e igualmente le mandaría varias mesnadas a Sevilla comandadas por su hijo, el infante Alfonso de Portugal. También ordenó hacer levas en Castilla, León, Galicia, Asturias, Cantabria y las Vascongadas, y aceptó los 500 caballeros moros granadinos que le envió su vasallo Abenalamar. Igualmente reclamó la presencia de su hijo el infante Alfonso de Castilla, que, como por entonces gobernaba en Murcia, tenía asignado su propio ejército, el cual marchó también a Sevilla. Igualmente se prestaron a la campaña los concejos de Mérida, Medellín, Coria y Segovia, así como el arzobispo de Santiago con su hueste personal y otros prebostes clericales acompañados de gran cantidad frailes franciscanos, dominicos y benedictinos, que se encargarían sobre todo de curar y cuidar a los heridos, al igual que Fernando se había encargado siempre de proteger sus órdenes religiosas. A pesar de todos los preparativos y la gran movilización de tropas y de material para la campaña de Sevilla, el rey castellano no hizo subir los impuestos de su reino, pues en los 30 años que llevaba gobernando, en ningún momento había agravado las tributaciones para financiar las empresas militares para así no descontentar a sus vasallos. Con todo dispuesto, a principios de 1247 comenzó su avance hacia el sur, adentrándose en los dominios de Sevilla de forma progresiva pero prudente, pues en la ciudad hispalense gobernaba el caid Axataf, quien Fernando sabía que sería un duro rival. El mahometano estaba dispuesto a resistir en Sevilla hasta el final, y contaba con varias bazas importantes para soportar el sitio a la plaza: una metrópoli amplia y fuertemente amurallada, el río Guadalquivir, a través del cual podía recibir víveres y tropas de auxilio, un numeroso ejército bien pertrechado y muy disciplinado y una población con la moral muy alta y resuelta a oponerse a cualquier enemigo.

Beatriz de Suabia

En su avance desde el norte, el grueso de las tropas castellanas fue conquistando las pequeñas plazas que se interponían en su camino hacia la capital. Así en los primeros meses de 1247 ocuparon, entre otras, las villas de Marchena, Constantina, Lora, Cantillana y Alcalá del Río. Esta última cayó en pocos días a pesar de haber dirigido su defensa el propio Axafat, pues se consideraba de importancia ya que era un bastión situado a tan sólo 15 kilómetros al norte de la puerta principal de Sevilla, que por entonces estaba donde hoy se encuentra el Arco de la Macarena, y justo al lado de la antigua alcoba del rey Almutamid, a quien el Hotel Alcoba del Rey de Sevilla dedica su nombre. Por el levante próximo a la capital cayó también la plaza de de Alcalá de Guadaíra, la cual se le concedió a Abenalamar por sus servicios prestados en la campaña. Con su siempre brillante y cabal táctica, Fernando envió al sur de Sevilla a su hijo el infante Enrique. Éste, que dirigía otro cuerpo de ejército integrado por huestes castellanas auxiliadas por la caballería mora granadina y tropas portuguesas, cumplió con éxito las órdenes de su padre de mantener a raya a una parte considerable de los ejércitos de Axataf en las tierras que había entre Utrera y Jerez; y mientras el rey se hizo fuerte al norte de la capital. Luego, el infante avanzó afanadamente desde el sur, creando así entre Fernando y él una maniobra de tenaza que obligó a los regimientos mahometanos a refugiarse en el interior de Sevilla, a pesar de que éstos igualaban en número a los cristianos. Inmediatamente después, todas las tropas cristianas al unísono tomaron posiciones en torno a la ciudad, formando una gran línea fuerte sin apenas huecos, que dejó casi completamente cercada a la capital hispalense. Una de las mayores preocupaciones de Fernando era el del río, ya que la infantería y la caballería no podían cubrirlo, y los musulmanes se podrían servir de éste para abastecerse. Pero Ramón Bonifaz y su escuadra marítima, que consistía en trece naos y unas cuantas galeras, iban a entrar en acción para impedir que los sevillanos recibiesen cualquier tipo de ayuda desde las ciudades del sur de Andalucía o desde el norte de África, bajo poder almohade. A pesar de que la marina de guerra castellana estaba recién creada y carecía de cualquier experiencia bélica, los hombres de Bonifaz, que habían recibido un duro entrenamiento, dieron la talla más que sobradamente. Nada más llegar a la desembocadura del río Guadalquivir, se toparon con la escuadra almohade de Axataf, cuyos 20 bajeles se dirigían a Tánger para recoger tropas de auxilio. Los castellanos les impidieron el paso, y, enfrentándose a ellos, les hundieron seis naves e hicieron huir al resto bastante maltrechas. Al punto, los barcos castellanos remontaron el río hasta cerca de la ciudad de Sevilla, donde crearon un bloqueo fluvial que embargaría la navegación de cualquier barco musulmán.

Cuando informaron a Fernando sobre el triunfo del almirante Bonifaz, el rey supo que por fin había llegado la hora de atacar definitivamente las murallas de Sevilla. Era agosto de 1247, y había comenzado la batalla más dura y más prolongada en la que los soldados cristianos se habían batido a las órdenes de Fernando III. Éste había situado su campamento en Tablada, y desde allí dirigía personalmente las operaciones militares de las tropas de asedio. Había días en los que los asaltos contra las murallas se intentaban una y otra vez por multitud de lugares al mismo tiempo y se luchaba continuamente contra las almenas bajo los muros de la ciudad. Pero los eficaces soldados de Abú Farís sabían aprovechar bien sus fuertes defensas y baluartes, y desde las torres y los almenares, que estaban fuertemente parapetados, aguantaban los severos y continuos envites con denuedo y, a pesar de las incesantes bajas, repelían a los castellanos una y otra vez. Las lluvias de flechas, piedras y objetos incendiados se sucedían de uno y otro lado. En unas ocasiones eran los cristianos quienes disparaban hacia el interior de la ciudad arrasando a los sitiados con sus saetas, proyectiles y con el temible fuego, y en otras ocasiones los muslimes barrían el exterior sembrando de muertos las filas de los soldados castellanos que acometían contra las murallas. Otras veces cesaba la lucha durante varias jornadas para dejar pasar el tiempo, que corría siempre en contra de los mahometanos, los cuales se encontraban casi totalmente cercados, y, por los pocos huecos que escapaban al control de las tropas cristianas, a penas obtenían víveres desde el exterior. Y con esas pocas vituallas que lograban introducir en la ciudad no llegaban a satisfacer las necesidades ni de una décima parte de la población de Sevilla, que por entonces era de unas 400.000 almas. Con los altos en el combate, también se les ofrecía descanso a las tropas, pues Fernando, con su gran y sabia consideración, nunca había deseado fatigar a sus hombres a lo largo de sus largas y continuas empresas militares; a pesar de las prolongadas marchas que servían de entrenamiento y de las arduas batallas, una vez los soldados habían cumplido con su misión, se les dejaba descansar y se les otorgaban permisos para momentos de asueto. Así se mantenía a las huestes físicamente preparadas pero a la vez desahogadas, dispuestas y con la moral bien alta. Conforme pasaban los largos meses de asedio y se sucedían los violentos combates, se iban produciendo innumerables bajas de uno y otro lado; pero mientras que los de Axataf vían sus tropas cada vez más diezmadas, sus almacenes de alimentos cada vez más vacíos y todos sus recursos cada vez mas escasos, a los castellanos les llegaban refuerzos continuamente desde toda la península y les sobraban los víveres y los suministros militares. Por ello, de vez en cuando, los sevillanos, que aún mantenían la moral alta, habrían alguna de las puertas de la ciudad logrando salir al exterior para luchar contra los castellanos en campo abierto. Mediante ágiles maniobras tácticas diseñadas por Axataf y terribles arremetidas intentaban dividir a las numerosísimas huestes del rey Fernando con el objetivo de provocar el mayor número posible de bajas entre ellas y así, de algún modo, tratar de cambiar a su favor el curso de la guerra. Y aunque efectivamente estos ataques esforzados e impetuosos causaban bastantes bajas a los cristianos, los combates terminaban siempre con resultados más que negativos para los sevillanos, que morían todos a manos de los curtidos soldados castellanos, pues éstos, además, eran ya los mejores guerreros de la época. La avezada caballería ligera mahometana solía aprovechar la confusión y el alboroto de estos lances para salir a recoger suministros que les proporcionaban los moros de las áreas aún no controladas por los castellanos, mayormente los del poniente sevillano.

Beatriz de Suabia

En abril de 1248, Ramón Bonifaz y sus hombres volvieron a destacarse en la batalla de Sevilla con otra de sus heroicas y memorables proezas. Aprovechando que el viento soplaba fuerte y del sur, el almirante ordenó que sus dos barcos más pesados se dirigiesen contra las gruesas cadenas que bloqueaban el puerto de Sevilla y que reforzaban el puente de barcas que unía el castillo de Triana con la Torre del Oro. Puesto que las cadenas cedieron y se abrió una importante brecha en el puente de barcas, todas las naves de Ramón Bonifaz penetraron en el puerto y se dirigieron al importante bastión de Triana, logrando asaltarlo y tomarlo desde los barcos por el costado del río, donde había pocas defensas, ya que se suponía que la protección natural del Guadalquivir era más que suficiente. Las puertas del castillo de Triana eran las más utilizadas por los almohades sevillanos para salir al exterior y cruzar las líneas cristianas por los huecos que había en éstas o para aventurarse en los momentos de la algarabía del combate a recoger los víveres que les traían sus hermanos los fatimíes de Niebla a través del Aljarafe, que estaba muy poco controlado por las tropas Castellanas. Seguidamente, solían cruzar el puente de barcas e introducir las vituallas en Sevilla. Pero con este importante baluarte en manos cristianas y con el puerto y ya todo el río controlado por Bonifaz y sus embarcaciones, las escasas entradas de víveres en la ciudad se acababan casi por completo. Además, el hidalgo castellano de origen portugués Pelay Peres Correia, que era maestre de la Orden de Santiago y un valeroso guerrero que se había destacado con sus bravos hombres en todas las campañas del rey Castellano, consiguió bloquear del todo las rutas del Aljarafe, con lo que se prevenía la llegada de tropas de auxilio musulmanas desde Niebla. Las otrora rígidas defensas de Sevilla comenzaban a flaquear por su flanco oeste, pues al igual que ocurría con el castillo de Triana, por el lado del río las murallas eran mucho más débiles y disponían de menos defensas artificiales. Fernando III aprovechó esta circunstancia para ordenar una serie de ataques en masa por esta parte, y para ello contó de nuevo con la marina. Las huestes llegaban hasta el Arenal transportadas por los barcos de Bonifaz, desde donde comenzaban el ataque a las murallas e intentaban el asalto a la ciudad una y otra vez. Pero Axataf, que estaba dispuesto a mantener la plaza hasta las últimas consecuencias, había ordenado que todas las tropas que le quedaban defendiesen aquel flanco, encargándose él personalmente de dirigirlos y arengarlos; y aunque los musulmanes, ya con las armas arrojadizas agotadas y únicamente con espadas y escudos, consiguieron a duras penas obstruir todas las arremetidas de las tropas de Pelay Peres y otros valientes hidalgos, éstas les causaban cientos de bajas en cada intento de asalto, perdiendo los castellanos muy pocos hombres. A mediados de noviembre de 1248, a punto estuvo el hidalgo portugués de traspasar las defensas de Sevilla de la parte del río y las bajas en el lado almohade ya se contaban por millares; ya sólo era cuestión de días o de horas que los cristianos lograsen entrar en la ciudad por la fuerza. De modo que Axataf y su consejo, habidas cuentas de la inminencia del asalto final por parte de los ejércitos de Fernando III, de la gran cantidad de bajas sufridas y de la escasez de efectivos militares y la merma de éstos, y dado que desde hacía ya meses su pueblo llevaba sufriendo enormes calamidades tales como inanición y terribles enfermedades que provocaban decenas de muertos todos los días, no tuvieron más remedio que rendir la plaza de forma incondicional el 23 de noviembre de 1248.

Al igual que había ocurrido tras la toma de otras ciudades, el rey Fernando fue clemente con los habitantes de Sevilla, sus dirigentes y las tropas enemigas que se habían rendido. A la población y al ejército musulmanes se les dio la oportunidad de permanecer en la ciudad como súbditos de Castilla convertidos en mudéjares, por lo que podrían mantener su religión y cultura islámicas y conservar todas sus propiedades, y pagarían impuestos a su nuevo soberano como todos los demás vasallos de los dominios castellanos. A los que no se quisieron someter al nuevo rey, se les dio un plazo de 30 días para abandonar Sevilla, pudiéndose llevar con ellos todo lo que fuesen capaces de transportar, y se les ofreció para tal fin gran cantidad de carretas, animales de carga e incluso embarcaciones. No obstante, la mayoría de los fatimíes hispalenses optaron por marcharse, dirigiéndose unos 200.000 a Granada y otros 100.000 a África. A Axataf, dada la brillante defensa que había planteado en Sevilla, Fernando le brindó la ocasión de quedarse como adjunto suyo en el gobierno de Sevilla, pero el almohade eligió dejar la capital a la que había sido fiel como caid, saliendo junto con su familia por la Puerta del Carbón. Sin embargo, no renunció al cargo de gobernador de las villas de Aznalfarache y Sanlúcar la Mayor, bajo dominio castellano, y más tarde también de Niebla, una vez esta ciudad fue tomada por tropas castellanas. Axataf también tiene una habitación dedicada en el Hotel Alcoba del Rey de Sevilla, la habitación doble Caid Axataf

No fue hasta que transcurrió el plazo que se les había dado a los que decidieron marcharse, que el rey de Castilla entró en la ciudad, haciéndolo con gran ceremonia. No obstante, lejos de situarse el monarca el primero de la gran comitiva de entrada, al frente de ésta iba un estandarte de la Virgen de las Batallas, que había acompañado al rey durante toda la campaña. Los caballeros de aquella época solían llevar consigo algún recuerdo de su amada atado a su corcel; en cambio, el rey Fernando llevaba siempre en su caballo una imagen de marfil de la virgen. Él tenía la convicción de que todas las tierras que había conquistado a los moros las había ganado para Castilla pero también para Dios y la Virgen y, por supuesto, con la ayuda del Altísimo y de Nuestra Señora. Se creía a sí mismo un caballero de Cristo y un guerrero de Dios que luchaba para extender los dominios de Castilla y, por consiguiente, de las tierras cristianas. Así mismo se preocupaba de que todos los soldados que le acompañaban en sus conquistas fuesen instruidos en la doctrina religiosa y porque fuesen hombres honestos y dignos de servir a Dios en el noble propósito de extender la cristiandad. Una vez en Sevilla, se purificó la mezquita convirtiéndose ésta en catedral y se nombró arzobispo de la capital a Remondo de Lozano y al infante Felipe procurador de la metrópoli. Se otorgó un fuero a la ciudad al igual que se había hecho antes con otras urbes, y se mandó traer para su uso jurídico una copia del Liber Iudiciorum o Fuero Juzgo, documento que Fernando había ordenado traducir al castellano, que ya era la lengua oficial del reino por precepto del monarca. Con respecto a los mudéjares que se quedaron en la ciudad, éstos serían ciudadanos de Castilla de pleno derecho, y se les permitió mantener una mezquita para que pudiesen practicar su culto, que sería cuidadosamente respetado. En los meses posteriores a la conquista, se procedió a repoblar la ciudad con gran cantidad de judíos procedentes del norte y también con cristianos de los diferentes dominios de Castilla y León, y entre los nuevos colonos y los nobles y milicianos conquistadores se repartieron tanto los bienes abandonados por los moros en la capital como los inmuebles y las haciendas urbanas y rurales de Sevilla. Fernando III implantó un régimen de distribución de los predios y recursos aprehendidos a los conquistados con el objeto de viabilizar el pábulo de los nuevos pobladores.
En los últimos días de 1248, el rey Fernando, abordado por la hermosura de la capital hispalense, decidió trasladar la corte castellana a esta ciudad, pues ésta había sido además la plaza en la que más se había tenido que esforzar para conseguir en todas sus empresas de conquista en Andalucía, y decidió disfrutarla al máximo permaneciendo en la nueva corte. Castilla había quedado en las buenas manos de su gobernador, que a la sazón era el Arzobispo de Toledo, uno de los doce instruidos consejeros de los que el monarca siempre se había hecho rodear en la corte para que le asistiesen y le asesorasen en todos los asuntos de estado. Aunque Fernando III había fortalecido enormemente el poder real al desposeer a los nobles de gran cantidad de privilegios señoriales, el monarca jamás gobernó de modo totalmente autoritario, ya que sin el visto bueno de sus doce doctos consultivos no solía tomar ninguna decisión trascendental de carácter gubernativo; y, por ello, gracias a las sabias medidas adoptadas y a los logros militares de las empresas de conquista, Castilla experimentó un auge político y económico como jamás se había visto antes en su historia.

Beatriz de Suabia

Entre 1249 y 1251, las tropas cristianas continuaron con su marcha hacia el sur y el oeste de Sevilla, dirigidas por los mejores adalides de Castilla, que cumplían sin falta todos los objetivos que les marcaba el monarca. De este modo, tomaron todas las ciudades desde Sevilla hasta cerca de Cádiz, destacando la plaza de Jerez, y se establecieron en todo el poniente sevillano hasta Niebla. Así las cosas, con casi toda Andalucía bajo dominio cristiano, Fernando III determinó que para asegurar todos los territorios conquistados y para continuar con su empresa de expansión, se hacía necesaria la invasión del norte de África. Pero cuando se encargaba próvidamente de los planes de una expedición al Magreb, enfermó repentina y severamente de ascitis, un mal que ya había sufrido antes en varias ocasiones. El rey sintió cercana su muerte; así que, desprendiéndose de las insignias reales y de todos sus ropajes y atándose una soga al cuello como si fuese un reo, se puso de rodillas y pronunció estas profundas palabras: “Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo he de volver al seno de la tierra.” Luego, pidió perdón a todos los presentes por cualquier falta que hubiese podido cometer, y a sus hijos les dio sabios consejos para sus vidas. Finalmente, se acostó en su cama, en la que había hecho poner cenizas para expiar sus pecados, asió una vela encendida en señal de fe, y entre plegarias feneció a las pocas horas siendo 30 de mayo de 1252. Fue inhumado en la capilla real de Sevilla, y en 1671 fue canonizado por Roma. Fernando III el santo es sin duda alguna el personaje más importante de la historia de España del siglo XIII y uno de los más destacados de la Edad Media española.

En los ámbitos cultural y religioso, que en aquella época estaban estrechamente unidos, hay que destacar que el monarca castellano instauró la Universidad de Salamanca, y en su enorme protección del clero y de sus labores culturales, contribuyó cuantiosamente al equipamiento y ornamentación de iglesias y monasterios. Asimismo, durante su reinado se fundaron las catedrales de Burgos (1221) y la de Toledo (1226), y también se empezó a construir la de León. Adoraba la música y favorecía y protegía a los artistas, primordialmente a los trovadores destacados, a los buenos músicos y a los maestros constructores de catedrales. Por ello se cuidó de que sus cortesanos se versasen en la música la poesía y la cultura en general. El excelso auge literario, musical y jurídico de la corte de su hijo Alfonso X en la segunda mitad del siglo XIII debe gran parte de su importancia a su padre Fernando III; y con ello cobra gran fuerza la teoría de que el Renacimiento no surgió como una simple explosión cultural de los siglos XV y XVI, sino que fue el resultado de un fenómeno evolutivo que, por veces, brillo en ciertos momentos puntuales de la alta y baja Edad Media, pudiéndose incluso comparar con el esplendor del cinquecento.

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