Abu Muhammad Ali Ibn Hazm. Nace en Córdoba, en el año
994, en el seno de una familia aristocrática de origen andaluz,
lo que normalmente se suele llamar “muladí”,
por su práctica de la religión musulmana sin pertenecer
a la raza árabe. Su infancia, hasta los quince años,
transcurre en la corte cordobesa, por ser su padre un alto funcionario
al servicio de Almanzor.
Muere su padre en el año 1012, cuando apenas contaba Alí
con 18 años. Perseguido y confiscados sus bienes, huye a
Almería, al amparo del emir Jayran, quien le mantuvo en su
corte hasta que las aspiraciones de la restauración omeya
profesadas por Ibn Hazm le hicieran incómodo en aquel entorno,
debiendo poner tierra de por medio.
Esta nueva hégira le lleva al levante, posiblemente conociera
entonces Játiva, donde se instalará largo tiempo.
Es en esta ciudad donde se considera que escribió su obra
más célebre,
“El collar de la Paloma”, considerado como el más
bello libro escrito sobre el amor, en lengua árabe.
Regresa nuevamente a Córdoba, donde es nombrado visir junto
con su amigo Ibn Suhayd y su primo Abd al Wahhab ibn Hazm, en el
año 1024; apenas un mes y medio después, el califa
había sido ejecutado e ibn Hazm se encontraba en la cárcel.
Desde este momento, ya intensamente desengañado, renunció
plenamente a la política activa y se dedicó, siempre
errante y perseguido, a los estudios jurídicos, teológicos,
filosóficos, históricos y literarios. De él
se dice que llegó a producir unas 80.000 páginas manuscritas,
que componían 400 volúmenes, entre los que destacó,
sin duda, su Fisal o Historia crítica de las ideas religiosas,
obra especialmente avanzada en relación con el tiempo en
que fue escrita.
Ibn Hazm rompió a lo largo de su vida con todo lo que la
tradición cultural andalusí representaba. Fue por
ello odiado universalmente y terminó convirtiéndose
en un islote solitario dentro del panorama de nuestra cultura islámica
medieval. Legitimista omeya empedernido nunca renunció de
sus ideas ni apoyó las causas de los otros. No es extraño
que excomulgado por los teólogos, perseguido por los reyes
de las Taifas, odiado por sus colegas y negado por el populacho
terminara no siendo admitido en ningún lugar. Nunca intentó
matizar sus críticas. Nunca quitó hierro a sus opiniones.
Al contrario "caía sobre su adversario con el ímpetu
de la catarata y lo aguijoneaba con el acicate de su crítica”.
Sus ideas, siempre polémicas, le convertían en un
huésped especialmente incómodo. En efecto, en la mayor
parte de las obras que escribió hablaba tan mal de su propio
país, que los alfaquíes prohibieron a los estudiantes
que las estudiaran. Sería ahora, tras conocer que el rey
sevillano al-Mutadid había ordenado destruir sus libros en
la hoguera, cuando ibn Hazm habría de componer unos versos
especialmente intensos:
"Aunque el papel queméis,
no quemaréis lo que el papel encierra;
que dentro de mi espíritu,
a pesar de vosotros, se conserva
y conmigo camina
a dondequiera que mis pies me llevan."
Su intransigencia política y teológica le obligó,
en los últimos años de su vida, a retornar al cortijo
rural que su familia había poseído desde siempre en
Mont Lisam (Montija), en tierras onubenses. La fama de su nombre,
que hubiese debido estar a la altura de Averroes, Ibn ‘Arabi
o Maimónides, ha estado empañada hasta hace relativamente
poco tiempo, coincidiendo con los albores de la tipografía
árabe y el esplendor del orientalismo.