Abenamar

  • Terraza privada y fuente.
  • Jacuzzi.

Historia

Poco antes de la época en la que Alfonso VI de Castilla reunise en su cabeza las coronas de León y Castilla, en el año 1068, el rey poeta y poeta rey al-Mu’tamid se hizo cargo en Sevilla del gobierno del más floreciente de los reinos de Taifas hispano-musulmanes. En tiempos todavía de Al-Mu’tadid ibn ‘Abbâd, el duro, calculador y cruel fundador del reino, y siendo su hijo, Al-Mu’tamid, un niño de doce años, apareció un día en la corte el aventurero lbn ‘Ammâr, poeta sin recursos materiales. De un golpe ganó el favor del padre y la ferviente admiración del hijo, posiblemente gracias a un poema en que celebraba la victoria del ‘abbâdî sobre sus adversarios berberiscos, con versos magníficos que bailaban triunfantes, como repique de tambores. Su comienzo es despreocupado, ya que un poema panegírico no ha de comenzar por el elogio: Copero, sirve en rueda el vaso, que el céfiro ya se ha levantado, y el lucero ha desviado ya las riendas del viaje nocturno. El alba ya nos ha traído su blanco alcanfor, cuando la noche ha apartado de nosotros su negro ámbar. (Trad. García Gómez, exc. verso 3). Ibn ‘Ammâr tuvo conciencia de su superioridad intelectual y el joven Al-Mu’tamid vio en él su ideal;  se vio tan violentamente atraído por su personalidad que ya no podía vivir sin él. Ya en aquella época su padre le había nombrado gobernador de Silves y allí rodeaba a lbn ‘Ammâr de sus favores hasta que éste, una noche, se despertó asustado, oyendo una voz que le prevenía de que su protector llegaría a matarlo, algún día.

El padre de al-Mu’tamid separó a los dos, pero cuando murió y su hijo le sucedió en el trono de Sevilla, éste mandó regresar al poeta de tierras lejanas, le nombró primero gobernador de Silves y luego primer ministro de su corte, donde el saber hacer versos era considerado como la virtud más notable de un funcionario. A pesar de que Al-Mu’tamid consiguió ensanchar el reino de Sevilla y de convertirlo en el más poderoso de los reinos de taifas, algo no marchaba bien en el reino floreciente del ‘abbâdî; el príncipe había perdido, sin darse cuenta, la confianza del pueblo; probablemente la corte, los poetas y los invitados, amén del tributo pagado a Castilla, se apropiaban excesivo dinero, mientras demasiado poco se empleaba en la defensa del país. Pues cuando Alfonso, aproximadamente en 1078, se acercaba con un gran ejército, con la intención evidente de conquistar el reino de los ‘abbâdîes, los sevillanos perdieron todas las esperanzas y se consideraron perdidos.

lbn ‘Ammâr, el visir al que al-Mu’tamid encomendaba las tareas más difíciles, salvó una vez más la situación gracias a una estratagema. Había hecho fabricar un tablero de ajedrez de inaudita perfección artística, con piezas de madera de ébano, aloe y sándalo, incrustadas de oro. Cuando, en nombre de al-Mu’tamid, marchó como emisario a Alfonso VI, se llevó consigo ese juego de ajedrez. Se trasladó al campamento castellano, siendo recibido con todos los honores, ya que el rey cristiano había oído hablar mucho de él y lo consideraba como uno de los hombres más capacitados de toda la Península. Ibn ‘Ammâr se las arregló para que algunos cortesanos llegasen a ver su maravilloso juego de ajedrez, y éstos hablaron de él al rey, que era un jugador apasionado. Así ocurrió que el visir enseñó al rey la obra maravillosa y se mostró dispuesto a jugar con él una partida si el rey accedía a la siguiente condición: si perdía Ibn ‘Ammâr, el tablero y las piezas serían propiedad del rey, mas si Alfonso perdía, tendría que acceder a una petición del visir. El castellano, deseoso de conseguir el bello tablero, se puso pálido; no quería arriesgar tanto. Sin embargo, algunos cortesanos, convenientemente sobornados por Ibn ‘Ammâr, alentaron al rey: «Si ganas recibirás el juego de ajedrez más bello que jamás haya poseído rey, y si pierdes, aquí nos tienes a nosotros para dar una lección a los moros, si su petición es insolente».

Así Alfonso se dejó seducir a aceptar la partida; mas Ibn ‘Ammâr, que era maestro en ese arte, dióle jaque mate. Entonces Ibn ‘Ammâr le dijo que al haber ganado el rey tendría que darle dos granos de trigo por el primer cuadro del tablero, cuatro granos por el segundo, dieciséis por el tercero y así multiplicando por cada escaque. El rey aceptó y se dispuso a darle lo convenido pero cuando calculó la cantidad de trigo que tenía que reunir se dio cuenta que no había suficiente trigo en todos los graneros de Castilla. Así que Ibn ‘Ammâr al ver que el rey estaba atado de pies y manos, le dijo que la deuda quedaría saldada si retiraba todos sus ejércitos de las fronteras de Sevilla. No le gustó mucho la idea al rey pero como no tenía otra opción tuvo que aceptar y retiró todas las tropas de las tierras de Al-mutamid.

ROMANCE de ABENAMAR

-¡Abenámar, Abenámar,

moro de la morería,

el día que tú naciste

grandes señales había!

Estaba la mar en calma,

la luna estaba crecida:

moro que en tal signo nace:

no debe decir mentira.

Allí respondiera el moro,

bien oiréis lo que decía:

-Yo te la diré, señor,

aunque me cueste la vida,

porque soy hijo de un moro

y una cristiana cautiva;

siendo yo niño y muchacho

mi madre me lo decía:

que mentira no dijese,

que era grande villanía;

por tanto pregunta, rey,

que la verdad te diría.

-Yo te agradezco, Abenámar,

aquesa tu cortesía.

¿Qué castillos son aquéllos?

¡Altos son y relucían!

-El Alhambra era, señor,

y la otra la mezquita,

los otros los Alixares,

labrados a maravilla.

El moro que los labraba

cien doblas ganaba al día,

y el día que no los labra,

otras tantas se perdía.

El otro es Generalife,

huerta que par no tenía.

El otro Torres Bermejas,

castillo de gran valía.

Allí habló el rey don Juan,

bien oiréis lo que decía:

-Si tú quisieses, Granada,

contigo me casaría;

darete en arras y dote

a Córdoba y a Sevilla.

-Casada soy, rey don Juan,

casada soy, que no viuda;

el moro que a mí me tiene

muy grande bien me quería.

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